Reproducimos aquí extractos de un artículo publicado originalmente en Democracia Obrera N° 11 de Argentina, del 16 de abril de 2002, en momentos en que había comenzado la ofensiva contrarrevolucionaria que, en forma de guerra de exterminio, lanzara en ese entonces el Estado de Israel para aplastar a sangre y fuego a la heroica revolución palestina iniciada en el año 2000. En los mismos, el lector podrá encontrar la definición de nuestra corriente sobre el carácter de la lucha nacional del pueblo palestino, cuál es su fuerza motora, y cuál fue la mecánica de revolución y de la contrarrevolución en Palestina a principios del Siglo XXI.

LA REVOLUCIÓN PALESTINA Y LA TEORÍA-PROGRAMA DE LA REVOLUCIÓN PERMANENTE

La larga lucha del pueblo palestino por su liberación nacional contra  el Estado sionista-fascista de Is­rael que, como gendarme del imperialis­mo, ocupó y usurpó Palestina desde 1948, es la expresión laberíntica de la lucha de una de las clases obreras más explotadas del mundo por terminar con las condicio­nes inauditas de superexplotación a las que ha sido sometida por el imperialismo, el sionismo, y también por las burguesías árabes cipayas.
La fuerza motora de la lucha nacional del pueblo palestino, la que ha mantenido esa lucha viva durante más de cincuenta años, son la clase obrera y los campesinos palestinos. Por el contrario, la burguesía nacional palestina y las otras burguesías árabes de Medio Oriente, socias menores del imperialismo en la explotación y suje­ción de sus propias clases obreras y pue­blos, han entregado la lucha nacional del pueblo palestino, estableciendo pactos y acuerdos con el Estado de Israel y el impe­rialismo, jugando el rol de controlar y mantener sojuzgados al pueblo palestino -como la burguesía siria y libanesa en el Líbano, y la jordana, que explotan y opri­men a millones de trabajadores palestinos que viven en esos países en campamentos de refugiados- y utilizando esa lucha como moneda de cambio en su regateo con el imperialismo por su tajada de la renta pe­trolera, como las burguesías egipcia, iraní, iraquí, etc.
Demuestra así que es la clase obrera la única clase verdaderamente nacional, la única interesada en destruir al Estado de Israel y recuperar la tierra palestina usurpada, la única que puede llevar hasta el fi­nal -acaudillando a los campesinos y al conjunto de la nación oprimida- la lucha contra el Estado de Israel y el imperialismo, porque no tiene ningún interés que la ate a ellos. La lucha por la liberación nacional, por la destrucción del Estado de Is­rael y la conquista de un estado palestino laico, democrático y no racista, está indi­solublemente ligada a la revolución social, y a la expropiación de su propia burguesía nacional y al imperialismo que la sostiene.

 

LA MECÁNICA DE LA REVOLUCIÓN PALESTINA: DE LA REVUELTA A LA REVOLUCIÓN

Esta forma laberíntica -de lucha de li­beración nacional- que adquirió el comba­te de la clase obrera y los explotados pa­lestinos desde la imposición del Estado de Israel en 1948, se expresó, desde mediados de la década del ’80 y hasta principios de los ‘90, en lo que se llamó la “Intifada”.
La “Intifada” fue una revuelta, esto es, una enorme lucha política de masas pero defensiva, protagonizada por la clase obre­ra y los explotados palestinos que resistían heroicamente, “en la última trinchera”, las condiciones inauditas de superexplotación y de esclavitud impuestas a sangre y fuego por el Estado de Israel, enfrentándose dia­riamente en las calles, armados sólo con piedras, a las tropas genocidas del ejército israelí, masas encorsetadas y entregadas a cada paso por Arafat y la OLP.
Los acuerdos contrarrevolucionarios de Oslo, impuestos en 1993, tuvieron el objetivo de doblegar a la Intifada e impe­dir que esta encarnizada resistencia termi­nara por transformarse en revolución abierta. Lograron ser impuestos a las ma­sas palestinas en base al triunfo contrarre­volucionario logrado por las potencias im­perialistas con la derrota militar y la des­trucción de Irak a bombazos limpios en la guerra del Golfo en 1991, que fue un duro golpe asestado a las masas palestinas y a la lucha antiimperialista de los trabajadores y los explotados de todo Medio Oriente.
Aún así, este triunfo contrarrevolucio­nario no fue suficiente para aplastar la lu­cha de la clase obrera y el pueblo palesti­no, pero sí para doblegar su heroica resis­tencia y permitir que Arafat y la burguesía nacional palestina les impusieran los acuerdos de Oslo sobre la base de prome­sas demagógicas acerca de un futuro “esta­do palestino”, entregando expresamente la bandera histórica de la lucha por la des­trucción del Estado de Israel y por una Pa­lestina laica, democrática y no racista, re­conociendo al Estado de Israel y aceptan­do transformarse en gendarme y guardia- cárcel de su propio pueblo.
Se impuso así la farsa de los “territo­rios autónomos” controlados por Arafat y la policía palestina. A la presencia impe­rialista directa en Medio Oriente, al esta­do gendarme de Israel, a las burguesías si­ria y jordana que sojuzgan al pueblo pa­lestino en Líbano y Jordania, se sumó en­tonces un nuevo mecanismo de coerción contra las masas palestinas: la Autoridad Nacional Palestina y su policía, encarga­das de garantizar que la clase obrera y el pueblo palestino vivieran en esos campos de concentración que son los territorios autónomos, para que pudieran seguir sien­do usados como mano de obra esclava por la burguesía sionista, los monopolios im­perialistas y las burguesías árabes, y que­darse la propia burguesía palestina con una tajada de esa explotación. Este fue el dispositivo de control que funcionó hasta septiembre de 2000.
Fue precisamente contra ese dispo­sitivo, motorizadas por las condiciones salvajes de superexplotación y penu­rias inauditas, que se levantaron en ese año la clase obrera y los explotados palestinos.
Pero esta vez, no ya en una lucha defensiva, de resistencia, enchalecadas por la dirección de Arafat, sino que, rom­piendo el cerco y el control de Arafat y la OLP, e inclusive de Hamas, Hizbollah y la Jihad, irrumpen en una lucha ofen­siva, una insurrección espontánea, enfrentándose directamente a la burguesía nacional palestina, su ANP y su policía: es decir, dando inicio a una grandiosa revolución obrera y campesina contra la superexplotación de los trabajadores y el pueblo en Palestina y en el Líbano, y anticolonial, tomando en sus manos la lucha por la destrucción del Estado sio­nista-fascista de Israel.
La primer fase de la revolución se ini­ció en mayo de 2000, no en Palestina sino en el sur del Líbano. Allí se levantaron los trabajadores y el pueblo palestino de los campamentos de refugiados, derrotando y desarmando a las milicias cristianas -alia­das y agentes de Israel- se armaron y obli­garon al ejército sionista a huir en desban­dada y humillado, quedando el sur del Lí­bano bajo su control.
A fines de septiembre de ese año, la re­volución irrumpe abiertamente en los pro­pios territorios autónomos, con una insu­rrección espontánea, con una huelga gene­ral indefinida, con enfrentamientos en las calles contra la policía de Arafat en los que los trabajadores y los explotados terminan asaltando y tomando las comisarías pales­tinas y ajusticiando a los agentes de inteli­gencia del sionismo, dividiendo a la poli­cía, requisando las armas y poniendo en pie sus milicias de los campamentos.
Fue una insurrección espontánea de las masas que pasó por encima de las direc­ciones contrarrevolucionarias y descalabró los acuerdos de Oslo, sus instituciones y sus mecanismos de coerción, dividió a la burguesía sionista alrededor de cómo en­frentar y derrotar a las masas, e hizo resurgir con fuerza la lucha antiimperialista de las masas de Medio Oriente, que el imperialismo había logrado sacar de escena desde la guerra del Golfo. Sin embargo, sin un plan organizado, sin objetivos cla­ros y sin dirección revolucionaria a su frente, la clase obrera y los explotados no logran hacerse del poder, que vuelve a ma­nos de la burguesía.
Pero frente al antiguo aparato estatal y sus instituciones descalabradas, las masas establecen su propio poder de hecho en los campamentos y ciudades palestinas -el de las masas armadas y sus milicias- dando lugar al surgimiento de una situación de do­ble poder. Podríamos decir, haciendo una analogía -con todos los límites que ello im­plica- que se trató de una revolución de ti­po de “febrero” (por la revolución de febre­ro de 1917 en Rusia), en el sentido de una insurrección espontánea, que descalabra el poder del enemigo sin lograr hacerse del poder, e instaura un régimen de doble poder de hecho.
Así, la grandiosa revolución palesti­na iniciada en 2000, irrumpe encabeza­da desde el inicio por la clase obrera acaudillando a los campesinos y al con­junto de la nación oprimida, y al dejar descalabrados los acuerdos de Oslo, a sus mecanismos de coerción de la ANP y su banda de hombres armados que eran el dique de contención del enfrentamien­to con el Estado de Israel, retoma inme­diatamente y en un terreno superior la lucha por la liberación nacional contra el usurpador sionista y por esa vía, contra el imperialismo.
La revolución palestina concentra de esta manera la tarea democrático-revolucionaria y antiimperialista de la liberación nacional, con las tareas de la revolución contra la propia burguesía, con la clase obrera acaudillando a los campesinos y al pueblo pobre.

Precisamente porque se trata de una grandiosa revolución obrera y campesina, la primera gran revolución del siglo XXI­, es que, inevitablemente provocó en el otro polo, la contrarrevolución que ha adquirido la forma de una verdadera gue­rra de exterminio. Todas las corrientes liquidacionistas y centristas que usurpan las banderas de la IV internacional y que intentan ocultar esta grandiosa revolución hablando de una nueva “intifada”, como si fuera una lucha de resistencia, defensiva, hoy no pueden explicar el por qué de semejante ofensiva contrarrevolucionaria y guerra de exterminio lanzada por Israel y el imperialismo. Al negar la revolución son incapaces de explicar que el estado sionista y el imperialismo debieron lanzar la ofensiva contrarrevolucionaria actual precisamente porque Arafat y la OLP se demostraron incapaces de frenar a las masas y estrangular desde dentro su revolución.
Hoy, ésta ha entrado en un momento decisivo, en su fase de guerra civil y nacional de la clase obrera y el pueblo palestino, a la que Israel y el imperialismo responden con una brutal ofensiva militar contrarrevolucionaria para intentar aplastarla. Para derrotar esta ofensiva, es necesario armar a todos los trabajadores y el pueblo palestino, centralizar las milicias de los campamentos y poner en pie una sola revolución y guerra nacional palestina en los territorios de Palestina, Líbano, y Jordania.
Pero Arafat y la burguesía nacional palestina –al igual que la burguesía árabe y el resto de los países musulmanes de Asia y África- son incapaces de llevar adelante estas tareas, y por lo tanto, de llevar la lucha nacional a la victoria, puesto que esto significaría poner en peligro no solo la dominación imperialista y al estado de Israel, sino su propia propiedad privada y su dominio como socias menores del imperialismo.
Por ello, para derrotar la contraofensiva del Estado de Israel y el imperialismo, hay que derrotar la política de las direcciones nacionalistas burguesas y pequeñoburguesas, romper toda subordinación a la burguesía del Líbano y Jordania, y conquistar una dirección proletaria de la guerra, la única que tendría las manos libres para organizar las enormes fuerzas de los trabajadores y los explotados en Palestina y en toda la región, para atacar los intereses imperialistas y de las burguesías árabes, y para llamar a los trabajadores y los pueblos oprimidos de toda la región a levantarse en una sola lucha contra el Estado de Israel y el imperialismo.
Solo con una dirección proletaria de la guerra –es decir, bajo la dirección de la clase obrera acaudillando a los campesinos y al conjunto de la nación oprimida- puede garantizarse la derrota militar del Estado de Israel, su destrucción y la conquista de un estado palestino laico, democrático y no racista en todo el territorio histórico de Palestina donde puedan convivir pacíficamente los trabajadores y campesinos de cualquier etnia y religión, lo que solo puede lograrse bajo un gobierno obrero y campesino de las masas palestinas auto organizadas y armadas.

 

EL CARÁCTER INTERNACIONAL DE LA REVOLUCIóN PALESTINA

El estado sionista-fascista de Israel es el dispositivo contrarrevolucionario, el gendarme central de las potencias imperialistas en todo Medio Oriente. Fue creado no solo para expulsar de su tierra, dividir y explotar a la clase obrera y el pueblo palestino, sino como enclave imperialista para garantizar el sojuzgamiento de los trabajadores y los pueblos oprimidos de toda la región, y de esa manera, el control de las enormes reservas y de las rutas del petróleo por parte de las potencias imperialistas, y en particular, del imperialismo yanqui como potencia dominante.
Por ello, la tarea de la destrucción de ese estado enclave del imperialismo es una tarea no solo de la clase obrera y el pueblo palestino, sino del proletariado y los explotados de Medio Oriente y de los países árabes y musulmanes de África y Asia.
La heroica revolución de la clase obrera y el pueblo palestino empuja a la lucha antiimperialista a las masas explotadas de toda la región, contra el imperialismo y el Estado de Israel. Millones de explotados del Líbano, Jordania, Egipto, Irak, Libia, Túnez, Marruecos, etc., han ganado las calles exigiendo armas para defender la revolución palestina, que se abran las fronteras para ir a combatir, que se rompan las relaciones con Israel y se ataquen sus intereses y los del imperialismo. Desde el inicio de la revolución palestina, de la misma manera que frente a la guerra contra Afganistán y hoy frente al choque directo de revolución y contrarrevolución en Palestina, los trabajadores y los explotados de la región pugnan por unir sus filas en una sola lucha contra el imperialismo y el Estado de Israel. Pero ese combate choca a cada paso con la política de sus respectivas burguesías nacionales, socias menores del imperialismo, que han corrido, encabezadas por la archirreaccionaria burguesía saudí, a apoyar el plan contrarrevolucionario de “dos estados” de la ONU para salvar al sionismo y garantizar la esclavización de las masas palestinas y de Medio Oriente.

Es así que la revolución palestina, al empujar a la lucha antiimperialista de las masas en Medio Oriente, empuja al mismo tiempo al enfrentamiento directo de la clase obrera de esos países contra las burguesías árabes cipayas y sus regímenes y gobiernos. Esto es, plantea a su interior la transformación de la lucha antiimperialista en revolución social contra las burguesías nacionales, el derrocamiento de las mismas y la expropiación del imperialismo y de la burguesía nativa, y la imposición de gobiernos obreros-campesinos.

El problema nacional palestino y la liberación de esa clase obrera de la explotación se resuelve entonces no sólo en Palestina, sino en todo Medio Oriente, en la lucha revolucionaria de las masas contra el imperialismo, por expulsarlo de la región y expropiarlo, por la destrucción del Estado de Israel, y por derrocar y expropiar a las burguesías cipayas, imponiendo gobiernos obreros-campesinos en todos los países de la región, en el camino de una Federación de Repúblicas Obrero-Campesinas de Medio Oriente.

La clase obrera y el pueblo palestino son parte de los más de 1500 millones de trabajadores y campesinos de los países árabes y musulmanes que, desde el Norte de África hasta el Cáucaso y el Asia Central, viven sobre el territorio que alberga las mayores reservas de petróleo y gas del planeta, pero hundidos en las más abyecta miseria y superexplotación por parte del imperialismo y de las burguesías nativas. Tras el problema religioso del islamismo, lo que se oculta es la existencia en Medio Oriente y Asia Central, de una clase obrera terriblemente superexplotada, golondrina, con obreros que se trasladan país por país para trabajar en los pozos petroleros y en las refinerías de los monopolios imperialistas y de sus socios menores de las burguesías árabes, viviendo en condiciones infrahumanas en campamentos, rodeados por mercenarios armados hasta los dientes, por tropas de los ejércitos de las burguesías nativas cuando no directamente por tropas imperialistas, como en Arabia Saudita. Esto es lo que niegan e intentan ocultar los liquidacionistas renegados del trotskismo que, con el argumento de que el islamismo sería reaccionario y retrógrado, se negaron a apoyar a la nación afgana oprimida frente a la guerra de coloniaje del imperialismo angloyanqui, como lo hizo el LPP de Pakistán, y condenaron, por ser islámicos, a los milicianos antiimperialistas que fueron a combatir a Afganistán, que eran precisamente esos obreros golondrinas y también campesinos superexplotados.

El triunfo de la revolución y la guerra civil de los trabajadores y el pueblo palestino, daría un enorme impulso a la lucha antiimperialista de esta clase obrera y esos campesinos de los países árabes y musulmanes, y pondría inmediatamente en cuestión el control de las rutas del petróleo por parte del imperialismo, la presencia de sus tropas y bases en la región, y la ocupación de Afganistán. Daría un enorme impulso a la lucha del pueblo checheno contra la opresión de la burguesía gran rusa socia menor de los monopolios imperialistas en el saqueo de las riquezas petroleras y gasíferas del Cáucaso, a la de los trabajadores y explotados musulmanes de las ex repúblicas soviéticas del Asia Central como Turkmenistán, Kazajstán, Uzbekistán, donde el imperialismo yanqui se ha quedado con el petróleo y el gas luego de su triunfo en Afganistán. Es decir, daría un gran impulso a las masas musulmanas de los ex estados obreros en liquidación contra la opresión de la burguesía gran rusa, de sus propias burguesías nativas, y contra la ofensiva de las potencias imperialistas por colonizar los antiguos estados obreros, lo que pondría a la orden del día la lucha por el derrocamiento de las burguesías restauracionistas, y por la restauración de la dictadura del proletariado bajo formas revolucionarias.

 

LAS TAREAS ANTIIMPERIALISTAS DE LA CLASE OBRERA DE LAS POTENCIAS IMPERIALISTAS FRENTE A LA REVOLUCIÓN Y A LA GUERRA CIVIL Y NACIONAL PALESTINA

Pero la tarea de la destrucción del Estado de Israel es también una tarea fundamental de la clase obrera de las potencias imperialistas, que son las que lo crearon, lo sostienen y financian como su gendarme. Si la revolución palestina y la lucha antiimperialista de las masas de la región es derrotada, serán las burguesías imperialistas yanqui y europeas las que se fortalecerán para pasar al ataque contra sus propias clases obreras, en un nivel superior a los que ya sucediera luego del triunfo imperialista en la guerra de los Balcanes, o más recientemente contra Afganistán.

(…)
Por ello, es de vida o muerte, entonces, para la clase obrera de las potencias europeas y de Estados Unidos tomar en sus manos la lucha por el triunfo de la clase obrera y el pueblo palestino y por la derrota militar del ejército sionista genocida, esto es, por la destrucción del Estado de Israel. Es de vida o muerte tomar en sus manos las tareas antiimperialistas, cuyo primer deber es el de enfrentar a su propia burguesía imperialista y apoyar efectiva y activamente la lucha por la liberación nacional de los trabajadores de las colonias y las semicolonias. Como dice el Programa de Transición, “Será deber del proletariado internacional ayudar a los países oprimidos en su guerra contra los opresores (…) La derrota de todo gobierno imperialista en la lucha (…) contra un país colonial es el mal menor. Los obreros de los países imperialistas, sin embargo, no pueden ayudar a un país antiimperialista a través de sus propios gobiernos, sean cuales sean las relaciones diplomáticas y militares entre los dos países en un momento dado. Si los gobiernos se encuentran en una alianza temporal, y por la esencia misma de la cuestión, incierta, el proletariado del país imperialista sigue permaneciendo en una oposición de clase ante su propio gobierno, y sostiene al “aliado” no imperialista por sus propios métodos, es decir, por los métodos de la lucha de clases internacional”.

Este es el único camino verdaderamente anticapitalista para la clase obrera de las potencias imperialistas: no se puede ser anticapitalista, si no se es antiimperialista; es decir, si no se enfrenta, en primer lugar, a sus propias burguesías imperialistas. De seguir el camino que les marcan las burocracias sindicales, los socialdemócratas, stalinistas, Verdes, y también los renegados del trotskismo que los llaman a apoyar la política de “paz en Medio Oriente, dos estados e intervención de la ONU”, la clase obrera de las potencias imperialistas quedará nuevamente atada a sus propias burguesías, y éstas estarán en mejores condiciones para pasar al ataque contra sus conquistas, con privatizaciones, flexibilización y despidos masivos, como los que se preparan en Europa y Japón.

Por ello, enfrentar a su propia burguesía imperialista significa una guerra sin cuartel contra la aristocracia y las burocracias obreras de los Estados Unidos y de las potencias europeas –contra la burocracia sindical de la AFL-CIO norteamericana, de la TUC inglesa, de la CGT y la CFDT francesas, de la CGIL y demás centrales italianas, la burocracia de los sindicatos alemanes, contra la socialdemocracia y el stalinismo-, agentes de sus propias burguesías imperialistas y defensoras de sus aventuras de coloniaje y rapiña, puesto que viven de las migajas de las superganancias que éstas obtienen de la superexplotación de los trabajadores de las colonias y semicolonias.

Por ello, los trotskistas luchamos –siguiendo la gloriosa tradición de la III Internacional de Lenin y Trotsky, y de la IV Internacional- por que la clase obrera de las potencias europeas tome en sus manos sus tareas antiimperialistas, es decir, en primer lugar porque una sus filas con los millones de trabajadores inmigrantes árabes y musulmanes provenientes de Medio Oriente, del Norte de África y de Asia, que son tratados como parias en los países europeos al igual que lo son sus hermanos de clase en Palestina. Para ello, luchamos por que levanten las demandas de los trabajadores inmigrantes y tomen en sus manos, activamente, la lucha por el triunfo de la clase obrera y el pueblo palestino y por la derrota militar del Estado de Israel y su ejército genocida, enfrentando a sus propias burguesías imperialistas que sostienen el plan contrarrevolucionario de “dos estados” de la ONU, y a la aristocracia y burocracias obreras, a los socialdemócratas, los stalinistas, las direcciones burguesas y pequeñoburguesas del movimiento globalifóbico -y también a los pablistas renegados del trotskismo- que las apoyan. De la misma manera, luchamos por que la clase obrera de los Estados Unidos retome el camino de la lucha antiimperialista contra la guerra de Vietnam, deteniendo las persecuciones a los trabajadores de origen árabe y musulmanes, rompiendo con la burocracia sindical de la AFL-CIO que apoya a Bush en su “guerra contra el terrorismo” mientras deja pasar los millones de despidos y la más brutal flexibilización contra los trabajadores norteamericanos.

Luchamos por que los trabajadores de las potencias imperialistas sostengan a la clase obrera y el pueblo palestino “por sus propios métodos” –como dice el Programa de Transición-, es decir, peleando por detener desde dentro mismo de las potencias imperialistas la maquinaria de guerra de su estado gendarme de Israel, paralizando mediante la huelga, el boicot, la movilización y los piquetes, todo envío de armas y suministros para ese estado sionista, y garantizando, por el contrario, que lleguen a manos de la clase obrera y el pueblo palestino todas las armas y suministros necesarios para vencer. Luchamos por que el proletariado de los países imperialistas retome la tradición internacionalistas de la guerra civil y la revolución española, tomando en sus manos la tarea de convocar a organizar brigadas de obreros internacionalistas listos para ir a combatir a Palestina.•